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Crónica de la batalla de Maratón, 490 a.C.

16 abril 2010
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En los primeros días de agosto del año 490 a. de C., una flota de más de 600 barcos procedentes de Persia atracaba en la bahía de Maratón. Al frente de un ejército que superaba de largo los 30.000 soldados, Artafernes, sobrino del Gran Rey Darío, Hipias, un traidor griego que aspiraba al poder en Atenas y el general Datis tenían la intención de arrasar la ciudad griega en lo que parecía iba a ser una batalla corta y fácil.

Desde lo alto del Monte Pentélico, desde el que se dominaba la llanura de Maratón, el polemarca ateniense Calímaco, que comandaba a 11.000 soldados atenienses, miraba con preocupación el desembarco y el despliegue de las tropas persas. No sólo era evidente que les doblaban en número, sino que sus tropas no estaban acostumbradas a combatir en campo abierto ni tenían con qué oponerse a la temible caballería de su enemigo.

Atenas esperaba desde hace meses al ejército de Darío, sediento de venganza porque la ciudad había apoyado la revuelta de las ciudades jónicas, poco tiempo atrás. Los generales griegos decidieron salir a su encuentro, pero, sabedores de su inferioridad, habían enviado a un joven hemeródromo, Filípides, a recorrer los 246 kilómetros que separaban Atenas de Esparta para solicitar ayuda (“sabed lacedemonios que los atenienses os piden los socorráis, no permitiendo que su ciudad sea por unos hombres bárbaros reducida a la esclavitud”) a la única ciudad griega que era capaz de frenar el ímpetu del imperio asiático. Consciente de la gravedad de la situación, Filípides recorrió la descomunal distancia en apenas dos días para encontrarse con la sorprendente respuesta de que Esparta ayudaría a Atenas cuando terminaran las fiestas religiosas que estaban celebrando.

Así que durante varios calurosos días, ambos ejércitos estuvieron observándose, esperando, hasta que Datis decidió embarcar a su caballería para dirigirse a Atenas por mar. Cuando Calímaco se percató, decidió que era el momento de atacar. En caso contrario, podrían no tener una ciudad a la que volver, en el supuesto de que sobrevivieran.

De todas maneras, las dificultades eran enormes. ¿Cómo enfrentarse a un enemigo tan superior? Aun sin el efecto letal de la caballería, la primera dificultad que tendrían que enfrentar antes de la batalla era la descarga de los arqueros persas. Si movía a sus tropas, podrían llegar diezmadas a la lucha por el efecto de las flechas. A no ser que….Se le había ocurrido una idea. Se giró y llamó a consejo a su tienda a los otros diez estrategos.

Unas horas más tarde, el olor del miedo y a cuero se mezclaba entre las filas atenienses, dispuestas para atacar. Calímaco había dispuesto a sus soldados en filas compactas, pero más reforzadas en los flancos, al contrario de lo que habitualmente hacía el ejército persa (que ponía toda su fuerza en el centro de su formación), pero también como una forma de poder igualar la longitud del frente.

Milcíades, uno de los generales de Calímaco, fue el encargado de dirigir el ataque, y cuando dio la orden de avanzar los atenienses se dirigieron hacia el enemigo, del que le separaba casi kilómetro y medio. Cuando apenas quedaban doscientos metros, y ya se oía el ruido de los arcos tensados, los griegos se lanzaron a la carrera en formación cerrada, como habían hecho innumerables veces en sus juegos escolares. Era la primera vez que un ejército, en la historia de la Humanidad, atacaba a su rival a paso ligero. Cuando los miles de flechas persas, aquellas que después en la batalla de las Termópilas “ocultarían el sol”, llegaron a su destino, los atenienses ya no estaban allí, sino afrontando el cuerpo a cuerpo, su especialidad, contra los invasores.

Las largas filas de soldados chocaron entre sí. Como Milcíades había dispuesto que sus mejores tropas lucharan contra las peores del ejército persa, en los flancos, la formación ateniense se dobló sobre sí misma, como lo hace una cuerda cuando se juntan los extremos, provocando en las tropas de Darío la sensación de estar rodeadas, y sin la posibilidad de recibir la ayuda de la caballería, lo que desató el pánico y les lanzó a buscar refugio en las naves, provocando en la desbandada en la playa una sangría de más de 6.400 soldados persas muertos, frente a los apenas 190 atenienses.

De lo que se cuenta que ocurrió después, lo único que es cierto es que las tropas persas nunca llegaron a desembarcar en Atenas. Herodoto, cinco siglos más tarde, relató que otro hemeródromo, Tersipo, fue enviado a Atenas a anunciar la victoria para evitar que el avistamiento de la flota de Darío causara el pánico en la ciudad, y que éste recorrió los poco más de 40 kilómetros de distancia en apenas dos horas, con el último aliento para susurrar “nenikékamen” (hemos ganado), antes de caer fulminado.

Si esto fuera cierto, sería verosímil la leyenda que dice que, cuando Hipias avistaba Atenas, al ver las ventanas y tejados llenos de gente, que en realidad eran mujeres y niños, decidió regresar con su flota al considerar que la ciudad estaba fuertemente defendida.

Pero poco importa que el final de la batalla de Maratón sea como se cuenta o no. En realidad, esta historia está llena de arquetipos y símbolos. El valor que cobra el heroísmo cuando se realiza al servicio de otros, el efecto que produce superar obstáculos aparentemente imposibles (a partir de esta batalla de la Primera Guerra Médica, se empezó a crear la superioridad militar y la confianza colectiva para que Grecia se convirtiera en la cuna de una civilización que aún perdura), o la enorme energía que el ser humano es capaz de encontrar en su creatividad y en su capacidad de sacrificio, son lo suficientemente inspiradores para que no importe dónde termina la historia y dónde empieza la leyenda.

Los que el próximo día 25 terminen el Maratón, de una manera o de otra, al cruzar la Meta, se dirán a sí mismos “hemos ganado”, y será verdad.

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11 comentarios leave one →
  1. 17 abril 2010 07:17

    Una y mil veces que lea esta historia de la Historia, será siempre grato hacerlo.
    Sacrificio, lucha y victoria. Magnífica enseñanza que viviremos en carne propia en cosa de una semana, Juan.

    Un placer verte siempre. Cuando pase la vorágine de Mapoma creo que será más fácil que quedemos con calma. Ahora, me resulta difícil comprometerme a quedar a determinadas horas porque no tengo la certeza de disponer de ellas. Lo que a mí me viene bien, no le viene bien a todo el mundo.

    Pero lo vamos estudiando.

    Un abrazo.

  2. 17 abril 2010 07:27

    Por eso la escribí, Pepe, para que os inspire. Mi pequeña contribución para el objetivo del domingo
    Saludos

    • julia permalink
      17 abril 2010 13:14

      Gracias, por supuesto que inspiran estas cosas, este año, que hace 3.000 años de esa batalla, espero poder gritar NIKE en el Retiro el domingo. ¿te veremos por allí?

  3. Rafael Gonzalez permalink
    17 abril 2010 07:32

    Juan tío preciosa crónica, gusta el leerla, y por supuesto que motiva.
    Gracias por tus comentarios en mi blog, estoy pensando algo para el domingo 25 sobre lo que indicaís algunos pero todavía no me atrevo a publicarlo, veremos.
    Enhorabuena por la crónica de nuevo historiador/corredor

  4. Gonzalo permalink
    17 abril 2010 07:34

    ¿Pero esto no es el próximo Domingo?…yo ya no entiendo nada.
    Buena entrada, muy gratificante de leer.

  5. 17 abril 2010 08:39

    Juan, una gran crónica de la batalla, precisa, concisa y educativa. Enhorabuena

  6. 17 abril 2010 13:58

    cada día se aprende algo nuevo… buena historia bien contada.

    Que poquito nos queda…

    Un fuerte abrazo

  7. 17 abril 2010 17:41

    Cuanto me gusta esta historia, la recordaré el día 25.

    Un saludo
    Quique

  8. 19 abril 2010 11:07

    gran entrada Juan!!!

    muchas gracias!

    Sin duda lo importante es creer. Creer que la leyenda es cierta, creer que Herodoto fue mucho más que un cronista de la época, creer que Maratón está ahí delante esperándonos a cada uno de nosotros.

    Un placer leerte. Saludos!!

  9. 20 abril 2010 11:08

    Pues entonces diremos todos:

    nenikékamen!!!!

  10. 21 abril 2010 08:24

    Hola Juan lo mismo te digo, encantado y espero leerte muchas veces, que penas que no tengas lo de seguidores porque si no me hacia seguidor de tu blog hoy mismo. Espero que el problema que me comentas sean los calcetines porque la verdad que sería una put… que fuesen las zapas. Lo dicho, muchas gracias y ya nos estamos leyendo.

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